ENTREVISTA

Arturo Bustamante
Consultor en Comunicaciones Corporativas
Con esta consigna un buen día de mayo del 68, los jóvenes franceses invocaron al mundo que querían construir. La revolución que se pretendía entonces tenía sus razones pero más tenía sus utopías. Hoy casi cincuenta años después, los que dispersos por el mundo participamos de ese postulado imaginativo, nos encontramos con un tiempo borrascoso, lleno de acechanzas y con los mismos problemas, sin haber llegado a soluciones plausibles.
No es que no haya cambiado nada, aun los más refractarios coinciden en que estamos parados ante otro escenario. Pero sucede que hemos insistido en hacer lo mismo que hacíamos antes, creyendo que lo hacemos mejor. Sin caer en la cuenta que ello significa ir al mismo sitio de siempre por el mismo camino.
Así se produce la crisis financiera que nos atenaza, tres años después que casi colapsara el mundo por las mismas razones. Nadie, desde la perspectiva econométrica previó la recidiva y menos tomó en cuenta que los actores eran los mismos ni que su comportamiento siguió siendo el mismo pero más voraz. No de otra manera se explica por qué la Fed otorgó préstamos secretos a grandes corporaciones y empresas del sector financiero por valor de 16 billones de dólares, una cifra mayor que el PIB de los Estados Unidos que en el año 2010 fue de 14.5 billones de dólares y más elevada que la suma de los presupuestos del gobierno federal durante los últimos cuatro años. No sólo esto: la auditoría de la Government Accountability Office, GAO por su sigla en inglés, reveló también que 659 millones de dólares fueron abonados a algunas de las instituciones financieras beneficiadas arbitrariamente por este programa para que administrasen el multimillonario salvataje de bancos y corporaciones dispuesto como mecanismo de “salida” de la nueva crisis general del capitalismo.
Los mismos autores del desastre son los que se salvan, las mismas agencias de calificación son las que les aconsejaron en el management, los mismos que un día son parte y el otro son jueces. Queda pues por revisar y no es menor, aquel concepto que Joan Costa enunciaba como que nada es más rentable que ser ético en los negocios, pero debemos también interrogarnos acerca del modelo de formación que se imparte desde las escuelas de negocios y universidades. Porque el futuro para el que estamos educando ya está aquí y persistimos en preparar a nuestros hijos para que hagan lo mismo que hicimos cuando todavía no estábamos en crisis. Y como nosotros la “hicimos”, ellos pueden volver a hacerla.
Estamos en un mundo que se mueve vertiginoso, derribando jerarquías, enlazado en redes, cambiando en sus costumbres, en sus culturas híbridas, en su concepto de familia. Donde ya no pesa ser centro o periferia, porque al decir de Felipe González, hoy todos somos centro y todos somos periferia. Donde el tiempo se mide en nanosegundos, las distancias se diluyen en móviles y smartphones y las crisis se propagan como pandemias. Estamos en un círculo vicioso que Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ex presidente de Extremadura, define como la trampa del presente: creer que hemos llegado a una estación terminal. Afirma que por eso se insiste, a pesar de los dichos, en interpretar el futuro no como progreso sino como crecimiento.
Señala asimismo que la materia prima fundamental es y será en lo sucesivo, la inteligencia, la creatividad, la emoción y la imaginación. No alcanza con ser competitivos, debemos ser diferentes y en lo posible, únicos. Y la respuesta la tienen los jóvenes, porque este progreso no es lineal sino biológico, un sitio nuevo al que no se llega por los caminos de antaño. Para los jóvenes el vértigo y el riesgo no son obstáculos que los paralicen sino estímulos en su proceso de formación y aprendizaje. Y no olvida que hoy, un joven indignado con un teléfono móvil en las manos, es capaz de cambiar hasta el gobierno de una nación.
Pero ¿cuáles son las condiciones para que sus energías no se desaprovechen y sus esfuerzos no se malogren? Ante todo asumir socialmente el concepto de que el fracaso es el éxito del aprendizaje, donde se penalice la parálisis, nunca los fallos o los errores que son inherentes al coraje del emprendimiento.
Para ello se debe impulsar la iniciativa, hoy solo educamos a los jóvenes para que asuman puestos de trabajo que satisfacen demandas pero no se forman para generar ofertas innovativas.
Y aunque parezca una obviedad, formar personas, no solo profesionales. La complejidad que nos rodea exige privilegiar al hombre pero los sistemas contables se empeñan en considerar gasto social a las personas e inversiones a las cosas y cuando ronda la crisis lo primero que se hace es recortar la plantilla.
Para reorientar la cátedra deberíamos considerar como dice Roger Martin de la Universidad de Toronto, el paradigma cualitativo que evita la descontextualización del comportamiento humano que se produce cuando se privilegia el paradigma cuantitativo. Se insiste en la formación para medir, positivista, cuando no todo lo que importa se puede medir y no todo lo que es medible es importante. El resultado es que se forman profesionales para aplicar recetas donde los ingredientes están predeterminados. Deberíamos en cambio, señala el autor, preparar a “artistas de negocios” en lugar de analistas de negocios, adoptar un modelo emergente de la iniciativa y de la interacción, no de lo que dice el jefe. La toma de decisiones no tiene que ver únicamente con ecuaciones, aquí juegan todos los sentidos, incluido el ético......
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Ing. Alberto Díaz



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